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lunes, 18 de enero de 2010

Pensar en imágenes

Me entero, a través de los paupérrimos informativos de Antena 3, de que Los abrazos rotos ha obtenido el premio de la Crítica de EE UU. No suelo comulgar con las galas y los premios cinematográficos, pero me sorprende tal decisión. Este último filme de Almodóvar, escribí en su momento, "muestra a un cineasta incapaz de conectar la forma (tan impecable que resulta recargada) con un desarrollo argumental dramático que deja no pocos cabos sueltos".

Me explico. Pedro Almodóvar, que es un director hábil a la hora de fusionar originalmente el surrealismo con la vida cotidiana (recuerden ¿Qué he hecho yo para merecer esto?), la experimentación formal con los diálogos callejeros (Todo sobre mi madre)…, piensa cada vez más en imágenes. Hay en Los abrazos rotos (2009) dos secuencias representativas de ese mirada que abunda en la profusión de citas, guiños y gustos por el metacine (a la manera de Hable con ella o La mala educación). En primer lugar, me refiero al doblaje que la barriobajera femme fatal Lena (interpretada por una trivial Penélope Cruz) hace de sí misma delante de la pantalla, metáfora efectista y efectiva de la multiplicación de su dolor (tanto la mujer real como la filmada son agredidas psicológica y físicamente por un magnate celoso y posesivo). Luego está esa despedida absolutamente brutal y conmovedora que se materializa en el beso del cineasta protagonista (interpretado por otro trivial Lluís Homar) a la imagen congelada y pixelada de su amada Lena que proyecta el televisor, algo que a mí me recuerda al portento visual de Videodrome (Cronenberg).

Sin embargo, en Los abrazos rotos la impecable forma resulta, a veces, recargada o inútil, pues no conecta con un desarrollo argumental que deja muchos cabos sueltos. Así, la supuesta pasión que quema a los dos amantes resulta inverosímil (o, cuanto menos, apagada). Y el guiño que hace Almodóvar a sus propias Mujeres al borde de un ataque de nervios (¿autohomenaje o nostalgia de aquellos tiempos tan sustanciosos?) no está bien suministrado a lo largo del filme, alargando en exceso, tras la tragedia de Lena, el final. Un final que hubiese ganado mucha más fuerza materializándose en el aludido beso congelado.

Hay precisamente en la última parte de esta película, que parece desarrollarse en torno a las confesiones de sus personajes (la idea es que expulsen, como en los primeros filmes de Saura, sus fantasmas internos), un giro desequilibrante del guión… o una especie de recurso explicativo cogido por los pelos para dar a los espectadores una información que todavía no conocen. En esta secuencia, ni siquiera los agudos movimientos de la cámara de Almodóvar (que siempre ha buscado en sus obras –hay que decirlo– los máximos recursos expresivos posibles) alrededor de sus personajes logran remediar la rotura definitiva de la película, personificada en la inevitable sobreactuación de esa estupenda actriz que es Blanca Portillo.

lunes, 11 de enero de 2010

Realismo posmoderno

Antonio Martínez Sarrión (poeta, ensayista y memorialista ejemplar) escribe en su dietario Esquirlas (Alfaguara, 2000):

En el terreno de la información audiovisual y en este país al menos, lo ágil se ha confundido siempre con lo atropellado, vociferante, zafio, propagandístico o chapucero.

A uno se le vienen a la cabeza infinitud de ejemplos (los reportajes estrafalarios de Antena 3, que invitan más a tomarse a una copa que a reflexionar; los telediarios de Telemadrid, que confunden la información con la opinión; la jungla hipermoderna de Sé lo que hicisteis, programa de La Sexta... y la mayor parte de series actuales) que corroboran las palabras de Sarrión.

Centrándonos en las series actuales (Física o Química, de Antena 3, sería el paradigma), no suele el formato de éstas (tan dadas al discurso moralizante chanflón, a la voz en off remachada por musiquitas de videojuegos, a las líneas narrativas conectadas a partir de últimas frases, poses o tics) ajustarse al séptimo arte, deudor de una fórmula literaria llamada elipsis que obliga a contar sólo lo estrictamente necesario. Ni un plano de más, ni un plano de menos.



Sin embargo, hay más de una obra cinematográfica que pretende emular el estilo atropellado de las series. En ese sentido, recuerdo (remontándome unos meses atrás), por ejemplo, el guión (y el filme en su totalidad) de Qué les pasa a los hombres (cuyo título original, He’s just not that into you, viene a decir Él no está interesado en ti), basado en una obra de Grez Behrendet y Liz Tuccillo (guionistas de la serie Sexo en Nueva York). Al parecer, se trata de uno de esos vulgares best-seller de auto-ayuda que tanto gustan a los treintañeros (de la clase media-alta, en este caso) emocionalmente escasos.

A ese estereotipo responden en el filme los protagonistas, encarnados por rostros donosos y conocidos (Scarlett Johansson –a años luz de Match point o Lost in translation–, Jennifer Connelly, Jennifer Aniston, Drew Barrymore…). Son personajes sin matices, mal dirigidos, como tantos otros de la vida misma. Pensándolo bien, tan realista es el filme que se permite el lujo de introducir entrevistas a la gente de la calle con el fin –imagino– de objetivar lo que se está viendo. Para que todos ustedes se reconforten en las desgracias ajenas, en la igualdad de caracteres…, pese a que una semana más tarde probablemente hayan olvidado (¡como en la vida!) el título y el argumento.

Tan realista es esta comedia –decía– que la cámara del director Ken Kwapis apenas se mueve sola durante los 129 minutos del metraje, salvo en una escena final (jugando con unos espejos). Porque la puesta de escena es la vida misma. Un pub novísimo, una oficina confidencial, una calle de diseño, un salón amenizado por los teléfonos móviles (tan traicioneros). Para qué forjar un travelling, si pueden marearse, y las palomitas cada vez están más caras… Para qué interrumpir con una elipsis el discurso, si aquí vienen, en fin, a entretenerse. Como cuando espían (o ponen a parir) al vecino.

El profesor Rellán

No hace falta que revisemos Sangre de mayo (el último –e irregular– filme de Garci, basado en La Corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el dos de mayo, segundo y tercero de los Episodios nacionales escritos por Pérez Galdós) para descubrir a un actor de reparto que impulsa la elevación de la obra a través de una finísima declamación que roza el esperpento sin perder credibilidad alguna. Me refiero, claro está, a Miguel Rellán (Tetuán, 1943), un artista que ejemplifica a la perfección las tres premisas básicas que, según Ángel Fernández-Santos (el mejor crítico de cine que parió este país), poseen los auténticos actores, esos que se curtieron en el teatro: 1) “el pleno dominio en las tomas largas”; 2) “la precisión y velocidad de sus réplicas, lo mismo cuando les toca decirlas –ya que por oficio son expertos en crear ritmos dentro de sus verbalizaciones– que cuando se callan y es el turno de hablar del o de la colega que tienen enfrente”; y 3) “la posesión del gesto total, de manera que en el cine se adueñan sin discusión de los planos generales, esos que les permiten expresarse con todo el cuerpo.” De ahí el conocido dicho bergmaniano: “Llevan serrín en las venas.”

Actor (o, mejor dicho, autor, pues todas sus apariciones poseen una luz propia) de fuste, enamorado de su oficio, que hace grandes a los personajes principales que acompaña, Rellán nunca ha pretendido saltar al estrellato (ni maldita falta que le hace), labrándose así una carrera limpia (y contradictoria, en el mejor sentido de la palabra) de la que debe sentirse orgulloso.

Me explico. Podría parecer, a primera vista, que el físico austero, concentrado y demasiado común del tetuaní frena la simpatía del espectador. Sin embargo, yo estoy convencido de que una de las claves de su singular personalidad gravita precisamente en esa tristísima mirada. He aquí una de las contradicciones que me encantan: En lugar de encarnar a personajes blandengues que no necesitan registro alguno, Rellán ha sabido imprimir un humor inteligente (en la línea de Rafael Azcona, padre de guionistas y otras criaturas con miradas encendidas) al benévolo fantasma de El bosque animado (J. L. Cuerda, 1987), al ratero reciclado en ayudante del detective Alfredo Landa en El crack (J. L. Garci, 1981) o al despiadado comerciante de Sangre de mayo (J. L. Garci, 2008). Tampoco me olvido, amiguitos, de Félix Torán o, lo que es lo mismo, del Profesor Bacterio.

A propósito: ¿Por qué no imparte Rellán clases de dicción a esos novísimos actores que sólo imprimen escotes, abdominales y tics excesivos en sus personajes? Que vuelvan los “Compañeros” (una serie de Antena 3 que me gustaba, porque, más allá del inevitable componente comercial, abordaba temas de interés social sin caer en el morbo; ahora, en cambio, es difícil ver en la parrilla nocturna algo que no esté relacionado con el sexo sin protección) si es preciso: No puede romperse la más hermosa tradición de un oficio coral que odiamos (sé de muchos que se resignan a ver su papel representado encima del escenario) y amamos (gracias a la singular finura de gente como Rellán) a partes iguales.


El profesor Rellán, en la serie "Compañeros".